Somos la Luz y tenemos la Fuerza

Algo parece desaparecer entre la luz que se disipa. Cada rostro se va desvaneciendo como si su propia solidez dependiera de los rayos que lo atraviesan. Algo en toda su humanidad va dejando un trazo borroso, como líneas que algunas vez fueron gestos, o sonrisas que pertenecen a otro tiempo, a un lugar en donde alguna vez fue segura su existencia y era real su postura, donde podía reconocerse cada uno de ellos como individuo. El tiempo se mueve y con el tiempo la luz, que traza una curva apenas perceptible en el espacio por donde nos movemos, separados y en masas, solos y en grupos, tratando de reconocer nuestra existencia en el otro, usando los ojos ajenos para confiar en nuestro propio reflejo y tener la confianza de que seguimos siendo, gracias a que otros ojos pueden vernos, y otras manos sentirnos.
Encuentro una sociedad partida donde la luz se disipa, y el individuo se convierte en manchas, fatuas quizá, en las que apenas se reconoce una persona detrás. Se va perdiendo el individuo en la medida en que la sociedad se desvanece en avatares. La desesperanza nos va siguiendo para partirnos los brazos y de pronto nos alcanza, y se cae la boca para abajo y nos duele hasta dolernos. Hay días en que las calles son tortuosas, la mirada de los hombres desprovista de brillo, los niños en la calle creyendo que juegan a ser grandes y entrenándose para perder la esperanza y sumirse en este ensueño desastroso donde apenas si pasa el tiempo para vernos morir y morir con nosotros. Hay días en que se empañan los lentes y me duele cada piedrita en el zapato. Cómo no dolerse del dolor común si también nos pertenece. Veo pasar semi muertas tantas vidas en cada paso que se me va la vida, o eso pareciera; en realidad no se va, se queda haciéndome muecas, retorciéndose de risa, y es que la vida es tan larga y grande que apenas si se da el tiempo de reírse de mi tristeza nauseabunda y de mi mirada estática mientras ella avanza, más allá de todas esas almas que a fuerza de golpes silenciosos perdieron el brillo.
Entonces algo pasa, un juego del engaño, tal vez, en que todo se revierte y de ese desasosiego nace, por oposición, de nuevo, la esperanza. Tanta mierda, me digo para tranquilizarme, es insostenible; pensando en que los brazos del monstruo que mantiene por sus hilos este desastre no aguantarán el peso de su propio invento. Eso me digo y miro hacia atrás, en reversa, hacia la generación que se cansó de dolerse a sí misma y salió a la calle. Perdieron la batalla es cierto. Entonces miro más lejos, a los campesinos que se subieron a la montaña para darle un giro a su propia desgracia, porque la revolución es como el sol, sus primeros rayos van siempre a la montaña, y noto que algo de egoísta tiene la revolución, porque esos hombres armados de ideales se están salvando a sí mismos otorgándole sentido a su vida, a su rutinaria desgracia, para salvarse del hastío. Ellos también perdieron. Y miro cada vez más lejos, y más lejos, y me imagino un momento en que los hombres se juntaron frente al fuego y tomaron la decisión de trazar un camino, uno. Ese camino ha sido entonces la ruta que la humanidad ha seguido, batallando unos contra otros por virar el rumbo de la nave algunos grados a la derecha o a la izquierda; entonces me pregunto ¿no será que pudimos escoger otro camino, uno distinto? ¿No sería que junto a ese fuego faltaron algunos con ideas distintas que por desidia no participaron en la decisión y dejaron que otros la tomaran? Pero por qué razón tendría que seguir creyendo en ese camino que otros trazaron por mí, y no me pregunto ni dudo, ni sueño, ni especulo sobre las otras miles de rutas posibles. Así hemos transitado el mundo, en una dirección, todos con ella, empeñados en no dudar para seguir avanzando, como si la duda detuviera el movimiento, y persignándonos con esa verdad hasta que se vuelve insostenible y nos vemos obligados a convencernos de que la tierra es redonda a pesar de todo. Esa verdad me asusta en reversa, de mí para atrás, hacia la historia, y me preocupa para adelante, pero se que le llegará el momento, aunque llegue tarde, como todo, tarde, porque nos da miedo atrevernos a dudar de nosotros mismos.
Me tranquiliza el sueño, sólo eso, de que la presión haga que el centro del mundo reviente y nos obligue la desgracia a tomar la decisión de cambiar el rumbo del barco, arrebatarle el timón al que lo lleva y poner todos junto, todos los que podamos, las manos directamente en el volante. Tendremos que aprender a ponernos de acuerdo, o a perderle el miedo a navegar sin ruta, un rato para un lado y luego para otro, al final no sabremos nunca si llegaremos a puerto, no hay destino, lo mismo da un lado que el otro, siempre que el viaje sea placentero.

La vida vuelve a reírse de mi, con esa risa de gato de Cheshire, de mi triste consuelo, se ríe de mis ideas, de el plano tan abstracto de mis tristes pensamientos mientras paseo por el centro de la ciudad. Se ríe porque de pensamientos alimentamos el alma, como un sueño descarriado, y nos dormimos en ese espejismo acurrucados en las bodegas del barco, lejos pero muy lejos de la cubierta o las velas o el timón o un mirador o una silla o el bar siquiera.
El Sindicato Mexicano de Electricistas, y los sindicatos mexicanos como tales, por mucho que me duela, no son la herramienta con la que destrabaremos la puerta. La ilusión de la integración obrera, en su momento arrasadora y vibrante, hoy se cae a tajos en la misma miseria de su propio engaño, en los trucos del poder y en los engranes de la balanza que parecen cada vez más oxidados. Sin embargo, su lucha actual es indispensable para salvarnos de desaparecer como individuos. La sociedad da razón a nuestra pobre existencia. El grupo, la manada, la tribu, son el espejo en donde nuestra alma se multiplica para hacer mella en la existencia universal; sin ellos no existimos, o somos sólo el sueño de nuestro propio sueño, jugando a que la vida se conecta con nuestro centro para poner a girar esta rueda de Chicago, pero amalgamándonos con lo desconocido, con lo inexistente, con el famoso árbol que cayó sin que nadie lo oyera. Perder de nuevo, permitir que nos arrebaten la luz es dar un paso en reversa hacia la existencia de grupo y otorgarles nuestros derechos a otros para que con ellos construyan sus propias y egoístas libertades, mientras nosotros cedemos las propias y desestimamos el derecho a defendernos.
Los rostros de cada persona parecen desdibujarse, y con ellos la cara de la sociedad a la que pertenecemos. Otra piedra nos cae en la cabeza, y me junto a los miles que se pasean dando tumbos por las calles, gritando sus odios al Estado, y deseando un sueño colectivo que no parece ser real para ninguno. Mientras camino junto a todos los demás, junto a los que en realidad están perdiendo sus puestos de empleo, a los que deben jubilarse, a los que lucharon antes, volteo en derredor y veo que somos tantos. ¿Por qué entonces no detenernos al unísono para exigir que el barco tome otro rumbo? Que se vayan todos, y no quede ni uno sólo.
Si perdemos de nuevo, nos habrán arrebatado el derecho a defendernos de los depredadores que se alimentan con nuestra incapacidad de reacción. Si la sociedad permite que este rayo de luz, que antes fue nuestro, se dispare a la voluntad de las élites entonces nuestros gestos se irán borrando, nuestra identidad se desgarrará hasta que no seamos capaces de reconocernos uno al otro, o uno en el otro, porque habrán desmembrado nuestra identidad de tribu, y en ella somos.

Me miro a mi mismo, lanzando letras desastrosas y desarticuladas para calmar mi odio, pero sentado en mi escritorio, con la computadora conectada a un toma corriente del que fluye la luz emitida por el trabajo obrero que en las plantas y plataformas convierten el movimiento en energía.
Quiero aprender a reconocer mi valor como individuo en el desarrollo de la historia. Reconocerme como parte de un engranaje universal en el que cada parte existe en función del todo, con el propósito único de que el todo camine. Entender que cada vida tiene una razón de existencia en tanto es parte de un grupo que irá avanzando en la historia. Y así, al entender la historia, el paso del tiempo y el proceso en el que el mundo se va forjando a si mismo para dar pie al camino andando de la humanidad, por encima de los humanos, asumir mi posición en esa transición acelerada en la que nuestra vida debe ser entregada al bien colectivo, al avance humano. Entonces si, la luz y la fuerza cobran sentido en tanto que lo que hoy hagamos como individuos trazará el camino para que en el futuro los que vengan detrás avancen un poco más en el desarrollo social, en la construcción de sociedades libres y de libertades individuales.
Alguna vez pude ver como manadas de vacas en el Amazonas cruzan el río atestado de pirañas; las más débiles se lanzan río arriba para que las otras crucen mientras las pirañas están ocupadas devorándolas. No lo sé de cierto pero supongo que el sacrificio individual es natural, muchos animales han de sacrificarse por la sobrevivencia de la especie, para seguir existiendo en el tiempo. Cuando realmente le pierda respeto a la vida, cuando pueda asumir la muerte como tal, como un minúsculo hoyito luminoso en el universo que no hace mella en el infinito, y entienda entonces que mi vida es igual de minúscula e inexistente, entonces le perderé el miedo a la vida y me dejaré arrastrar por el pensamiento histórico para ser capaz de pensar a futuro, en el tiempo, en el sueño de la especie, en la sobrevivencia colectiva. Entonces sí seamos realistas, hagamos lo imposible. Entonce si seré capaz de contribuir honestamente a la construcción del sueño. Hoy quiero que mi raza le regale al mundo bondad humana, no sé si el Internet o el plástico o los clones y edificios, quiero además dejar ética, amor al otro, pero el otro como un gigantesco grupo de iguales que se preocupa igual por mí. ¿También es egoísta pensar en el otro?
Fotos: Marcia Valverde Arana
